cuentos junto a la fogata
De esos oseznos, uno desgarró con sus garras la carpa de los guitarristas que acampaban, les robó la mochila con la comida y huyó. Los guardabosques lo persiguieron, le quitaron lo que quedaba de la mochila, pero del osezno no hubo ni rastro. Y entonces comprendí lo afortunado que era: ni siquiera tendría que corretear por las montañas a propósito para encontrar a la bestia, — ella misma vendría a mí…
Historias junto al fuego El reloj marcaba las 19:00, ya oscurecía, los turistas secaban junto a la fogata sus botas, botas altas, calcetines y el resto de la ropa empapada. El grupo resultó ser, aunque silencioso, acogedor y familiar. Me invitaron un té, me contaron sus recientes aventuras, cómo cada noche los osos merodean por el campamento en busca de comida. Según sus relatos, la osa suele salir del lado de los baños, y a los oseznos hay que esperarlos del lado de la montaña…
Esa tarde vimos al primer osezno a las 21:30. Era un adolescente de tamaño pequeño, tal vez de un metro de altura. Orejudo y bastante simpático. Todos los hombres sentados en la glorieta se animaron de repente, nos acercamos a él y tomamos algunas fotos. Mi teléfono, por desgracia, se había mojado durante la caminata y no podía fotografiar. Debí haber traído una cámara por si acaso… El osezno se retiró rápidamente en cuanto nos acercamos a unos 10 metros de distancia, y se ocultó en lo profundo de los arbustos, lejos de nuestra mirada curiosa. Claro que se me pasó por la cabeza que, si un adolescente andaba por ahí, en algún lado debía andar también la madre. Pero en grupo, los miedos se atenúan…